lunes, 17 de agosto de 2009

Una semana después...

Me he estado acomodando a todos los cambios recientes de mi vida, a las cosas que me ayudan a dividir mis emociones separando todo de todo, puede ser que en mi vida desordenada haya guardado mis recuerdos como tal, desordenadamente, además de recordar con más frecuencia como despertaba que con quien había dormido. Pasé varios minutos caminando por la casa, pensando en los detalles que se escapan y que luego se unen formando episodios, en los que mayormente no estamos presentes y que asimilamos cronológicamente, sucesos que comúnmente llamamos celos, pensaba en esto, cuando ofuscado, con odio y deseos de venganza, me sentí obligado a redimirme, pensaba que la muerte en estos casos es la mejor solución, la pregunta que restaba hacerme era la muerte de quién. Podría ser que en un arrebato la buscara y me suicidara delante de ella, o tal vez esperara a su marido un día después del trabajo y lo atacara ferozmente, pero en ningún caso sería en su contra, además, desconocía la ocupación de este y hasta allí eran frenados mis pensamientos, los mismos que al enfrentarse a mis principios cristianos, me impiden quitarme la vida o a otro ser humano, no se puede matar, no se debe, no se puede jugar a ser juez ni Dios, terminé preguntándome, por qué habría de vengarme. Más tarde, a la hora del almuerzo, fui a la cocina y saqué los ricos spaghetti con albóndigas en salsa putanezca del refrigerador, receta especial de la familia de Claudia de orígenes italianos y que habían quedado de la noche anterior en la cena con ella, los calenté a fuego lento y mientras los observaba, otra vez sentí ese exquisito aroma de pasta italiana que se huele en los restaurantes de ese tipo, mientras el rico aroma de las especias se apoderaba de la cocina, mi cabeza otra vez se inundó de oscuros pensamientos, pero ya con otra significancia, ahora venían acompañados de una elocuente llamada de atención, debía asesinarla en efecto y dentro de todo este era mi nuevo plan, pero debía hacerlo dentro de mí, sacarla de mis entrañas para no sentir esos espasmos que tanto me duelen y me contraen el estómago cuando la recuerdo.

Todo cambió otra vez, Claudia después de mi alta médica, no ha parado de visitarme, ha pasado una semana y aunque me siento del todo bien, me sigue cuidando, siempre está preocupada, por eso empecé a echar de menos su llamada diaria, miré el reloj del muro en la cocina y noté que el teléfono no ha sonado en toda la mañana, excepto, por mi madre pero no quise contestarle, me inquietó mucha la ausencia de su voz, me acostumbré mucho a sus cuidados y en lo empecinada que es para hacer todo, siempre me llama a la misma hora, entre el cambio de aulas, el café y el cigarrillo y más tarde, antes de salir, no me pregunta si puede venir, sólo me avisa que vendrá, se tomó el rol de enfermera demasiado enserio y eso me agrada.Ella fuma, no mucho pero lo hace, puede notarse su presencia por el aroma de su tabaco y ese rico perfume que usa y que todavía no me determino a preguntar cuál es, me concentré tanto en ella, que se me quemó la comida y tuve que botar todo y lavar la olla para que no se diera cuenta si llegaba y me preguntaba si había almorzado. Pensé en salir a comprar algo, pero la idea de perderme su llamada tal vez tardía por el trabajo y otras cosas, se encerró en mi cabeza y no salí en todo el día. Pasaban las horas y esperaba, no sabía qué, pero lo hacía, algo me estaba pasando con ella, algo de pronto me trajo otra vez su sonrisa, me la imaginaba sonriendo entre los alumnos caminando con otros profesores, discutiendo la cátedra de algún tópico inherente a su trabajo, le fascina conversar de ello, yo, sin mucho que opinar, me dedico a escuchar como se apasiona en sus conversaciones y en como sonríe, jamás me había fijado tanto en la forma de sus labios y de cómo se pronuncian cuando emite algunas palabras en particular, me encanta cuando utiliza un diminutivo para mi nombre, me llama Mauro a secas y su boca vuelve a dilatar una sonrisa, me causa gracia y aunque no retroalimento mucha su búsqueda de hacerme sonreír, admiro su tenacidad y a veces cedo. Mientras pensaba en su estilizada y delgada silueta, con esos anteojos que le dan un toque mucho más que intelectual, su cabellera rizada y los libros que siempre la acompañan, recordaba sus ojos de cristal, tiene ojos claros, creo que pardos, pero su mirada es mágica, parece que puedes ver lo que está pensando, me pareció escuchar de nuevo los comentarios del doctor acerca de las pláticas de las enfermeras de la clínica, todo estaba perfectamente detallado.

Claudia se me está metiendo en los ojos de una manera especial, me pregunté a veces, cómo una mujer tan espléndida no tiene un novio o en otro caso, un marido, pero también pensaba que el tiempo que le dedica a su profesión no le deja vida privada, trabaja hasta en la casa después de cocinar y la cena, y aunque respeto ese espacio en la noche, procuro abrir la boca sólo para los detalles típicos. - ¡esta rico!, le digo, tomo la botella de vino y le sirvo una copa, luego vuelvo a sentarme, me mira, sonríe y me dice, ¡parece que te gustó!, pero eso no te quita la obligación de lavar los platos, aunque primero deberás prepararme ese rico café que haces. A veces sin más nada, la veía quedarse dormida en el sillón del living mientras yo recogía los platos, siempre le llevaba el café y luego lavaba la loza de la cena para que se relajara mientras corregía algunas pruebas y aunque el sueño no le impedía terminárselo, se rendía después de beber un poco, por lo demás, terminaba mis cosas, tomaba la botella, una copa y me sentaba a su lado y la miraba dormir, bebía mientras admiraba su sueño, en ocasiones la oí roncar y era gracioso, siempre despertaba y me decía, ¿no oíste eso verdad?, yo respondía que no, para evitarle bochorno, pero no me importaba, al contrario, la entendía perfectamente, en otras oportunidades, la tapaba con una manta y me dormía junto a ella, me hacía sentir confortablemente bien, pero despertaba sobresaltado siempre como a las 4 de la mañana cuando la oía irse, siempre hacía lo mismo, siempre, tenía un reloj muy agudo para el hora, hacía parecer que el suyo era un simple adorno, porque administra muy bien su tiempo de eso no cabe duda, tal vez por eso me extraña que no haya llamado y sin más ni más, me doy cuenta que la extraño.Creo que voy a hacer un hoyo en el piso, pronto serán las nueve y llegará la hora de la cena, me quedé sin almuerzo, tengo hambre y me he dado como mil vueltas en la casa esperándola, mejor lo hago con algo rico y preparado por mi, pienso que le gustará. Siempre llega a mi casa a eso de las 10:30, así que, saqué un viejo libro de recetas de alta cocina, busqué los ingredientes y comencé a preparar algo rápido, ligero y que tal vez le guste, panqués de pollo con crema y espinacas y una ensalada surtida a la vinagreta me pareció ideal, por el postre no me preocupé. Ya son las 09:40, me grita el reloj, como diciendo apúrate y entonces preparo el ambiente, saqué un mantel blanco bordado a mano por mi abuela y que mi mamá me regalo para la navidad anterior, es muy hermoso, las velas y los candelabros estaban perfectamente simétricos con los cubiertos y las copas, abrí un buen Chardonnay Casa La Postolle cosecha del 99, que tenía para alguna ocasión especial, sobre la mesa de centro del living, había dejado una tabla con quesitos salteados en aceite de oliva y orégano envueltos en jamón ahumado, unas aceitunas rellenas y lo mejor, de fondo el ambiente se complementaba con “Riviera Paradise” de Steve Ray Vaughan. Me encantó la idea de atenderla, estaba todo espléndido, salvo por un detalle, ya eran las 10: 20, me fui a duchar y afeitarme, tenía el olor de la crema impregnado en el cuerpo, saque mi mejor traje del closet, me vestí, usé el perfume que me dio en la clínica y la esperé, quería sorprenderla, no sabía por qué me empecinaba tanto en la sorpresa, pero quería hacerla sentir como ella a mí, retribución, pensaba, sin ninguna idea más, sólo una buena velada para olvidar el típico día viernes. Cerca de las 11:00 encendí las velas y apagué las luces, dejé mi estéreo en pausa para tocar a Vaughan con su mítico cover de Hendrix, Little Wind en cuanto ella se asomara en la puerta, también tenía velas encendidas en el living, la verdad había velas por todos lados y un fragante resultado de mi perfume mezclado con el aroma impregnado de su tabaco en el sillón que rodeo el entorno. Tocó a mi puerta a las 11:00 justas, se había atrasado, tuvo mucho trabajo supongo, solté la pausa del estéreo y mi amigo Steve hizo lo suyo, me miró sobrecogida cuando abrí la puerta, tomé su abrigo y sus libros porque era una noche fresca de verano, al entrar miró todo y me preguntó si estaba esperando a Mariela, al escucharla, cerré los ojos, me acerqué y sellé sus labios con mis dedos, le besé la frente, ofrecí mi brazo hasta el living y ella me miraba callada y se dejaba llevar, le pedí que se sentara, mientras tomé la botella y serví las copas de vino, me senté junto a ella, no me despegaba la vista, pensé que le había gustado la sorpresa, podía sentir su mirada mientras seguía atendiéndola, bebió un poco y dejó la copa, se percató del picadillo preparado y sonrío, estás esperando a otra persona sin duda, -me dijo- ¿si quieres puedo irme ahora?, igual me siento un poco cansada y… creí notar un grado de decepción en su mirada, mientras seguía hablando del trabajo y otras cosas, como si esperara que le dijera que sí, pero tomé su mano, me acerqué un poco y le dije, -lo hice para ti-, te extrañé mucho hoy, no llamaste, me preocupé, como pasaba la hora y hoy es un día especial, decidí prepararte esta sorpresa, pero si te sientes incómoda dímelo y lo dejamos para otra ocasión, sus ojos se sobresaltaron mucho, se puso nerviosa, tomó nuevamente la copa bebió otro poco se acercó peligrosamente y me besó la mejilla.

¡Gracias! –Me dijo- eres muy lindo, sonrío de nuevo y yo me pasmé, no supe que decir, la sentí demasiado cerca, demasiado para lo habitual entre nosotros, fue entonces que tomé la tabla y mientras le ofrecía un bocadillo, me preguntó, qué celebrábamos.A ti, -le respondí-. Otra vez me miró con sus ojos transparentes y me hizo otra pregunta, Y… ¿el servicio es completo?.¿Cómo? -le respondí- con un leve tono de coquetería. ¿Viene con cena incluida o saldremos a alguna parte?. ¡Sí!, - respondí-, el Chef aguarda el momento preciso para servirnos, pero la cena es en casa, tal vez vayamos más tarde a algún lugar que te agrade si mi comida no te gusta.¿Has cocinado?, ¡qué genial!, me dijo sin reparos, y , ¿a qué hora comemos?, eso depende de ti, -le respondí-, entonces disfrutemos la velada me dijo, pero antes quiero pedirte un favor, dame unos minutos, voy a la casa y vuelvo enseguida, no hay problema dije, te espero aquí mismo, se fue rápidamente y volvió como a la media hora, traía puesto un bello vestido de noche, el cabello tomado, su rico perfume y sus labios levemente delineados, se veía espléndida, mágica, sin duda es hermosa, ahora yo me sorprendí.¿Te gusta? –Me preguntó-, estás estupenda le dije. Te traje algo para la ocasión y creo que te gustará más, ¡qué cosa habría de gustarme más que tu compañía!, -me decía a mi mismo-, ¡tómalo!, -me dijo- y me entregó un cd compilado de la música que disfruta en su casa cuando tiene tiempo, ¿no te gustó Vaughan?, -le pregunté-, no es eso me dijo, pero ya que es una noche de comienzos, porque no bailar un poco, ponlo en la pista 7 y luego te acercas, el cd empezó a tocar a Eric Clapton, Old Love para ser más exacto, le tomé las manos y las apoyé sobre mis hombros, me miró directamente a los ojos, tomé su cintura y con una mano recorrí se espalda hasta casi el cuello, comenzamos a bailar, ella apoyo su cabeza en mi pecho y yo mi nariz en sus cabellos, bailamos a ojos cerrados toda la canción, casi al final sentí deslizar sus manos hacia mi espalda y levantó la cabeza, nuestras bocas casi se rozaban, podía sentir su aliento frente a mí, abrí los ojos y me dejé arrastrar por el momento, entrelacé mis dedos entre su espalda y cintura, la acerqué un poco más y al hacerlo, sus labios se pegaron a los míos y me besó, la levanté muy suavemente y se abrazó de mi cuello, sus pies se suspendieron en el aire un momento, luego de eso, la solté muy despacio, deslizando su cuerpo sobre el mío, la sentí muy cálida, entregada, seducida, yo también me sentí así. La noche comenzaba para nosotros y la cena esperaba, dejamos de besarnos, nos miramos y sonreímos, ¿quieres cenar ya?, -le pregunté-, me respondió que si un poco sonrojada y sobrecogida, pasemos al comedor, -le dije- y tomé el vino, las copas los dejé sobre la mesa otra vez, tomé su silla, la acomodé y fui a la cocina por las cosas que tenía en el horno, en ese instante sonó el teléfono, pero como estaba ocupado preparando las cosas y la música sólo cambiaba de pistas, no pude oírlo, cuando llegué al comedor con la cena en una bandeja y lista para servir, noté que Claudia no estaba allí, dejé las cosas sobre la mesa y me dirigí al living, allí la encontré, con su abrigo puesto, una copa de vino en la mano y un cigarrillo encendido, esperándome para despedirse, ¿qué pasó?, -le pregunté- ¿te he molestado en algo?, ¿a dónde vas?, son muchas preguntas -me dijo- muy sutilmente, mejor escucha la contestadora, hay un mensaje grabado recientemente, no quise contestarlo cuando sonó -me dijo-, ¡sólo óyelo!. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando me dijo eso, debes hacerlo ahora –me increpó-, así que, le hice un ademán de comprensión y escuché el mensaje. La grabadora comenzó a sonar y reconocí de inmediato la voz, era Mariela, el mensaje decía; Mauricio, tengo que hablarte ahora, estoy sola, voy a tu casa, llegaré en media hora más, pero si no estás, te llamaré al celular y esperaré estacionada frente a tu casa.Quedé pasmado, no sabía que decir, mire a Claudia que volvió a sonreír y lo único que me dijo fue, "me guardas un poco de la cena y se marchó", me quedé 5 minutos pensando, muchos pensamientos vagos pasaban ante mis ojos, pero contuve mis impulsos y salí en su búsqueda, al abrir la puerta estaba allí, llorando, me miró, me pidió disculpas por no haberse quedado fuera de la casa aunque no quería hacerlo, solo me pedía, disculpas. Tomé sus manos y la hice entrar en la casa de nuevo, pero esta vez, cerré la puerta con llave, esta noche te quedas le dije, me miró, sequé sus lágrimas y le propuse algo más interesante. No te preocupes -le dije-, esta noche es para ti, apagué las velas y me llevé los candelabros al patio, tiré una manta sobre el pasto, le pedí que no se quitara el abrigo y llevé la cena, comimos allí, sobre el pasto, entre velas y las estrellas, no hablamos de Mariela, sólo oímos cuando el auto se estacionó fuera de la casa, pero nos hicimos los sordos. En otro momento, hubiera querido salir para verla, pero me contuve y procuré no hacerlo notar, Claudia por mucho rato no pronunció palabra, sólo me dijo, ¡está rico! y sonrío, luego de eso y como de costumbre me pidió café, lo preparé y busqué la manera de olvidarnos de todo, entre a la casa con las luces apagadas, trataba de no emitir sonidos y a tientas encontraba las cosas, para no despertar sospechas, así que, estuvimos alrededor de 3 ó 4 horas conversando en el patio, el ambiente se puso un poco más helado, me acerqué y la abracé, ella se arrulló en mis brazos y me pidió que no la soltara, me dijo que le gustaba mucho, pero que no quería amarrarme, sabía de mi sentir hacia Mariela y que tal vez hacía esto por compromiso, que de igual forma me lo agradecía, aunque se sentía intrusa. Sólo me quedaba una cosa por hacer y lo hice en el momento preciso, le dije que me importaba mucho, que la extrañaba cuando no estaba, que la casa la llamaba, que su aroma rondaba por todos lados, que sus cuidados y atenciones cobijaban mis espacios de soledad, que me encanta tenerla cerca y me interrumpió con un beso, pero no me quieres –me dijo-, con sus labios pegados a mi boca, yo callé, por primera vez una mujer logra silenciarme de esa forma, por eso no quiero seguir con esto me dijo, yo si te quiero, muchas veces te vi llegar tarde por la venta de mi casa, sabía la vida solitaria que llevabas, a veces, te oí llegar riéndote y acompañado, otras veces me topé con alguna de tus conquistas que salía de esta acá en la mañana cuando me iba a trabajar, al principio sólo me gustabas, pero después de tu episodio depresivo, la clínica y mis cuidados, me di cuenta de a poco que te quiero y no quiero importunar tu romance con Mariela o lo que sea que tengas con ella. No hables más le dije, el cariño y el amor llega de a poco, así como a ti, a mí también puede llegar, pero no hablemos más de Mariela, ni de mí, ni de nada, esta situación me hizo meditar en algo y hay un gran detalle que no sabes, Mariela se casó al otro día de estar acá conmigo.

Claudia me miró muy triste y me dijo que lo sabía, yo me impresioné mucho con la noticia, recordé las palabras del doctor otra vez, la clínica, las enfermeras y todo, luego de eso le pregunté por qué lo sabía, me respondió que la conoce porque es la mujer de uno de sus colegas, él la llevó a la Universidad en una ocasión y la presentó a todos como su novia una semana antes de casarse y que ella había sido invitada. ¡Qué notición!, no sabía que decir, ni pensar, lo único que se me ocurría preguntar era si había asistido, al mirarla más detenidamente pude notar en sus ojos que esperaba más preguntas de mi parte, aunque al fondo de ellos, tenía una catarata de lágrimas que me pedía no hacerlo pero que no se negaría a responder, aunque le causaría dolor sin duda y yo, no quería verla llorar otra vez. Me apoyé sobre mis codos entre la manta y sus muslos, mirando hacia el cielo que comenzaba a ponerse cano, las estrellas se despedían una a una, la cordillera aun oscurecida en sus faldas, marcaba una silueta estática y perfecta, las manos de Claudia acariciaron mis sienes y mi cabello, yo cerré los ojos ante tal contemplación, aunque no podía evitar pensar en Mariela, logré disimular mi aparente preocupación y, mientras pasaba este momento agradable, se acercó otra vez peligrosamente, pero con una fijación diferente, algo había cambiado en ese momento, me besó más apasionada que al principio, una de sus manos se escurrió hacia mi pecho y se interno entre los botones de mi camisa, pude sentir una caricia más cálida, más insinuante, una invitación a responder sus estímulos, apoyé mi cabeza en su pecho y le quité la mano con más sutileza de la que ella puso en recorrerme, la besé yo esta vez, mis brazo la recostó sobre la manta y mi otra mano se insertó dentro de su abrigo buscando su cintura, una curva inmaculada a mis sentidos, una curva peligrosa que invita a recorrerla con velocidad y precaución, la tomé más fuerte y seguro y me acerqué, me pegué a su cuerpo, la sentí tiritar, subió uno de sus muslos y me dejó poner una de mis piernas entre las suyas, la apreté más, un poco más y al besar ese suave cuello pálido que hacía gala de su belleza, noté el largo escote de su vestido que me dejó admirar sus torneadas y generosas piernas, todo sucedía lentamente entre besos mustios y sonidos plásticos, había deseo, se encendía poco a poco una llama intensa que nos ahogaba, que nos quitaba el aire, que consumía el frío que se apoderaba del amanecer, una de mis manos subió más su vestido y la sentí, pude sentir la piel de sus intimidades, su suavidad, su humedad, su juventud y sexualidad, me solté la corbata rápidamente, mientras ella me quitaba la chaqueta, la apoyé en nuestras caderas para cubrirnos un poco, tal vez por más sutileza o pudor, pero el patio comenzaba a desnudar su soledad y la luz nos sumergía en un mar de brillos y pájaros solitarios, mudos testigos de las siluetas que amanecían sobre el pasto compartiendo sus sinceridades y nos ofrecían al alba una dulce canción, mientras la luz llegaba, una de mis manos se fue directo a su pecho dejándolo descubierto a mis ojos, mi boca se alimentó de él, mientras me aferraba a sus hombros, ella inclinaba su cabeza hacía atrás, dejándome ver que le gustaba, y con su mano en mi cabeza me acercaba más, casi podía sentir sus latidos en mi boca, pero algo de pronto cruzó mis oídos y me perturbó, me alejé de su pecho sin vacilación y me quedé con la boca abierta escuchando, un sonido más torrentoso invadía mi concentración, entre los latidos casi ensordecedores y su agitada respiración, logré dividir la escena en espacios, una parte de mi estaba dentro de la casa, la otra, justo sobre ella. No pudo notar mi peculiar lejanía, estaba demasiado excitada para ver que me sobresalté con los golpes alejados y continuos en la puerta, puse mi mano en su boca y procuré hacerla relajar su respiración quedándonos quietos. En ese momento, miré sus pupilas oscurecidas y asombradas y aunque ambos todavía nos robábamos el aire, logramos unir los sentidos y oír lo que pasaba fuera de la casa, ella se incorporó de inmediato, me miró muda y sorprendida, se acomodó el vestido, se puso los zapatos que se había quitado al comenzar a cenar y se disponía a averiguar que pasaba, se levantó como segura de lo que haría y cuando pretendió caminar hacia la casa, tomé su mano y le dije que se quedara, que no lo hiciera, que ambos sabíamos quien estaba allí, tocando la puerta con más fuerza cada vez, pero no pude evitarlo, la solté y le dije que entráramos, que lo hiciéramos en silencio. Me quité los zapatos antes de entrar, ella hizo lo mismo, mientras más nos acercábamos, más sonoros eran los golpes, cerré la puerta del patio dejando todo abandonado sobre la manta y con las huellas visibles de nuestro lecho temporal, logré disimular un poco que aquello me había encantado y que si tuviera oportunidad lo repetiría de inmediato y aunque las circunstancias nos pausaron el deseo, no lo apagaron, sino que, avivaron esa rara sensación de complicidad, nos regalamos una sonrisa y tomados de la mano, recorrimos el pasillo hacia mi cuarto, la apoyé en el marco de la puerta, la besé de nuevo, pero con ternura, le dije que me esperara y fui por mi celular al living, lo cogí de prisa y llamé a Mariela, caminé en puntillas otra vez a la habitación, pero esta vez con Claudia siguiéndome abrazada de mi espalda, cuando sentí fuera de la puerta su teléfono sonando, la insistencia de sus golpes parpadeó, logré imaginar la escena, rápidamente sacándolo de su cartera para contestar y cuando lo hace, le corto, luego de eso espero unos minutos y repito la operación, pero en esta ocasión, me contesta más rápido, no alcancé a decir nada cuando me interrogó.¿Dónde estás?-, ¿yo?, -le respondí-, y quién más me dijo, ¿no has llegado a tu casa, o te escondes de mi?. Para nada, -le respondí- no estoy en la casa, estoy fuera de Santiago, viajé anoche a la casa de una tía en Valparaíso, quería verme y me invitó, tengo un poco de sed porque la bienvenida ha sido larga y se acabó el licor, quise llamarte un rato antes, pero recordé que eras casada, así que lo hice ahora, no sé, pensando que tal vez estabas en otra cosa o lugar, aunque a estas alturas, no debería haberlo hecho, podría involucrarte en algún problema.¡Te llamé! hace varias horas atrás, -me dijo- me dormí esperándote en el auto, frente a tu casa, tengo que verte, ¿cómo llego hasta allá?, necesito que conversemos de algo importante, te adelanto que dejaré a mi marido. Claudia que estaba escuchando pegada a mi, logró oír todo y me miró con una cara apenada, se alejó un poco para ver mi reacción frente a la noticia, no me lo dijo, pero fue obvio, ¡hablemos ahora! -me decía Mariela-, ¡te amo!, ¡te extraño!, no puedo seguir mintiéndome, me decía sin vacilaciones, no puedo seguir casada, deseo anular el matrimonio, no sé, pero cualquier cosa por estar contigo. Me desplomé en una esquina de la cama, no lo podía creer, aquello que había esperado, sucedía ahora. Entre mi teléfono y yo habían dos mujeres, una afuera de mi casa y la otra sobre mi cama, pero la que esta a mi costado, lo hace sin hablar.

Ahora no puedo conversar contigo le dije, en realidad no sabía porque te llamaba, cuando en el fondo lo hice para tratar de despistarla y que se fuera, pero lo dicho me perturba, hablemos más tarde mejor, debo pensar lo que me dices, ha pasado tiempo y cosas entre nosotros, creo que debemos analizarlo, no hagas nada loco ahora, no vuelvas a llamar porque apagaré el teléfono, más tarde te llamo, adiós.Me quedé en silencio igual que Claudia, estuvimos así un largo rato, hasta que oímos el motor del auto alejarse rápido, luego de eso, nos miramos, me recosté en la cama con la manos debajo de la cabeza, miré a Claudia y la invité a quedarse conmigo, la abracé, le besé la frente y ella sin decir nada todavía, se acurrucó en mi pecho y se durmió, yo no podía hacerlo, estaba todo arremolinado por dentro, pasó una hora más o menos, ya no lo sabía con claridad, Claudia se acomodó y despertó, me miró otra vez y me dijo que mis latidos eran muy fuertes, me preguntó si pensaba en Mariela, yo puse un dedo en sus labios y me permití besarla, sin cuestionamientos me respondió, casi avergonzada me propuso terminar lo que empezamos y olvidarnos del asunto, que no le importaba que pensara en Mariela, que sabía que me estaba ocurriendo, pero no se iría, sin antes darse la libertad de apabullarse en mi cuerpo, porque tal vez no podría hacerlo más, la admiré por eso, pero no respondí a su petición, esquivé la tentación de sus palabras y me abracé fuerte de su cintura, pareció comprenderme y me arrulló como a un bebé asustado, me sentí cálido, me sentí nuevamente vivo, pero atormentado, la abracé con más fuerza y le pedí que nos durmiéramos, que aprovechásemos el tiempo juntos de todas las formas posibles y dormir abrasados, lo había contemplado en un principio, como parte de la cena que se arruinó, pero no del todo, porque gané terreno y mucho más en esta vivencia, gané un poco de la libertad que necesitaba. Claudia comprendió lo que le dije, se acomodó más tiernamente aún, me regaló un último beso antes de dormirse mientras decía que era su perfecto cómplice, su perfecto caballero, que esperaba que me negara y que eso le guardaba más deseos de estar conmigo. Se durmió profundamente esta vez, yo esperé que no se despertara de nuevo, la tapé con una frazada del closet, para no distraerla e incomodar su descanso, fui a la cocina, preparé un café y lo tomé en mi cuarto, junto a la ventana, sentado, casi de la misma forma que con Mariela, dejé la taza en el piso y mientras la admiraba, adquirió una postura similar, no podía creer lo que sentía, Claudia se movió, la frazada se abrió un poco y encendió mis ojos hacia sus muslos, pero las imágenes de mis recuerdos no eran iguales, podía verlas en la cama, tanta similitud en el entorno, dos mujeres opuestas con mundos y universos alternos, recostadas en mi cama y yo, admirándolas y sintiendo que las engañaba, me paré de la silla, me acerqué a Claudia, le besé los muslos, la tapé de nuevo, me recosté a su lado y me dormí. Despertamos tarde, juntos aún, no se había ido como siempre, con hambre, más o menos descansados, apaciguados y estirándonos como la perfecta pareja que se conoce por años, compartiendo esos ratos íntimos del despertar, besos y sonrisas por la compañía y palabras entre cortadas evacuando las ideas lógicas de los sueños que tienden a manifestarse mientras todos los sentidos se acomodan. Claudia se levantó de un salto, se quitó el abrigo, luego el vestido, y en ropa interior, me regaló su figura casi desnuda dirigiéndose al baño para darse una ducha, yo la observé caminar entusiasmado, me quité la camisa, el pantalón, los calcetines y para no ser tan obvio, me quedé en ropa interior también y la seguí, al entrar en el baño, el vapor del agua había empañado el espejo, el baño es amplio, tiene una enorme tina enlozada, antigua y que compré con gusto una vez cuando estaba remodelando el baño con el fin de recostarme cómodamente con alguien y disfrutar ese espacio, Claudia se duchaba tranquilamente, solo se veía su cuerpo mojado y entre cortado por las gotas de agua que rebotaban sobre la cortina casi transparente de la ducha, metí la mano y cerré la llave del agua, Claudia que no había percatado de mi presencia, abrió la cortina y me dio la mano, ¿nos duchamos entonces?, -me preguntó-, como si me hubiese estado esperando, ¡no!, le respondí, me miró un poco confundida, abrí la llave para la tina, puse el tapón y comencé a llenarla, la complementé con esencias y espuma, me quité la ropa interior, Claudia cerró los ojos, eso me inquietó, me metí en la tina donde el agua ya podía cubrir los tobillos y me senté apoyado en la tina, ella estaba de pie aún, con el cuerpo mojado, sus cabellos pegados a la espalda, sus manos entre tapando sus pechos y los ojos cerrados todavía, mientras la miraba le pregunté porque cerraba sus ojos y ella me dijo, que por mi desnudez, me impresioné, le pregunté por qué decía eso, si acaso ya no habíamos perdido un poco de pudor entre tanta compañía, cenas, vinos y la noche que acabábamos de pasar y me dijo que si, pero que la tomé de sorpresa y allí, le pedí que abriera los ojos, que se sentara entre mis piernas y que dejara que el agua nos cubriera, me hizo caso, la abracé por la cintura, de espaldas a mí, se apoyó en mi pecho y dejamos que el agua nos tapara hasta el cuello, la espuma nos ofreció su funda y los aromas se mezclaron con el vapor, casi me duermo, excepto que, Claudia me habló y me dijo que estaba rico estar así, se dio vuelta, me besó y se sentó sobre mis piernas, instintivamente la tomé de la cintura, la acerqué a mi para sentir nuestro pecho unido y desnudo, cerré la llave del agua y acomodé mi cabeza en la tina. Ella me besó, pero no de la misma forma en que nos habíamos besado después de la cena, comencé a sentir un calor diferente esta vez, el calor de su cuerpo desnudo y entregado, un calor delicado. Recuerdo muchas cosas del baño que nos dimos, algunos detalles pueden escaparse a mis memorias, pero ese baño, fue más que eso, fue el comienzo de algo puro que nació entre dos almas que congeniaron perfectamente, no hicimos el amor, sólo nos deseamos y acariciamos, esperamos el momento oportuno, porque ambos comprendimos que los sueños hay que realizarlos y a pesar de que nos devoraba la pasión, dejamos que la oportunidad no sólo fuera un espacio físico y el tiempo necesario para concretar, sino que se convirtiera en el momento preciso para entregarnos.