"Las letras llegan por sí mismas, solas, de la misma forma en que entraste en mi vida como el pequeño rayo de luz que me deja ver el polvo circundante entre las sombras y la humedad adyacente de la pieza, así mismo, fue que tus delirios rozaron mi frente y me despertaron para abrazarte”.
Otra vez caminé junto a ti en mi oído, otra vez. Otra vez canté canciones en la calle rumbo a mi destino. Un objetivo, liberar la energía que me cansa de no poder contenerla, rabiando con los ojos y con el lápiz que no me acompañó mucho en el camino, haciendo rayas locas en el cuaderno porque necesitaba escribir caminando como otra veces y la tinta no me dejó estampar bien mis ideas para contártelas.
Alameda con las Rejas hasta General Velásquez, este era mi paso, sonriendo de un día como hoy, de un día que termina en pocos lugares agradables a la sintonía que se logra cuando quieres escapar del mundo, recorriendo sus calles, casi ciego porque tu universo esta en otro sitio, uno más lejano y menos violento. Aquí afuera todos atropellan, todos, nadie mira a los ojos y pide disculpas por rozar tu espacio de libertad, todos viven así, más lento que el reloj y más rápido que la vida, dejándose abatir por la rutina, por la maldita urbe que hemos creado, y yo, sintiéndome arquitecto de una ciudad nocturna, de un Santiago nocturno para tus oídos.
Recordaba mientras paseaba, un momento de felicidad como pocos, de esos perdidos entre las personas, los espacios que pueden disfrutarse sin estar lejos como unas hermosas rosas rojas en la recepción de nuestro piso, perfumadas de su naturaleza muerta y desgastada, ornando un sitio frío y cambiando el aspecto seco de las paredes para resaltar su belleza, aun, cuando esta se agotará en muy poco tiempo, son rosas que me hacen recordar a cada instante el color de una pasión, mi pasión, rosas, que me provocan afinidades etéreas, volátiles y meditabundas.
He sentido la necesidad de describir en el camino y en voz alta esta sensación, una soñolienta instancia que predica la suspicacia de ansiar tus ojos a mis letras, de sentirlos recorrer las líneas imaginarias de una conciencia desgastada, de satirizar el sueño que se escapa, de acumular segundos y adelantar la vida muriendo más rápido, donde cambiamos todos y nuestro entorno en cada respiro, sin dejarnos ver por qué caminamos y qué nos mueve.
Se me agotan las palabras cuando tengo otra fijación, una más profunda que invade mi curiosidad, una más suave y delicada elocuencia, una constancia, un eco, un grito magullado en la distancia rebotando entre las paredes de esta selva de cemento, de pasto seco, árboles teñidos de amarillo y sus hojas caídas como cadáveres de muestra intoxicación, casi pateando nuestra esencia, ensuciando mis zapatos entre las hojas muertas, ensordeciendo mis oídos a los bocinazos y al aire caliente de las bestias colectivas que parecen una estampida de colores luchando por el espacio que otra deja, esperando las señales de nuestros reflejos condicionados. En este mundo de bestias hay que luchar por ser humano, en este mundo debemos agradecer a quien nos daña porque nos hace más fuertes, en este mundo, aprendemos a amar lo que no significa “amar”, nos enamoramos de los espacios, los recuerdos, la compañía, pero no de nosotros y hasta en eso somos egoístas porque no vemos como se caen las capas de nuestra piel, o como se apagan los ojos, nadie nota que los zapatos viejos han soportado nuestro peso y se desgastan en la forma que gastamos nuestro tiempo, estamos locos querida mía, porque no vemos, estamos locos, porque en realidad no vivimos, quisiera saber quisiera, ¿quién le hace justicia al tiempo que matamos?
-¡Nadie!-, porque yo también estoy sumergido en este mar urbano.
sábado, 28 de marzo de 2009
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